domingo, 1 de mayo de 2016

“Ver para creer”

El jardín maternal más allá de los prejuicios

Nuestros oídos se llenan de prejuicios al momento de pensar si en el jardín maternal los niños realmente aprenden, en mi caso fue necesario “ver para creer” y de esta manera comprobar que realmente son solo eso…prejuicios.


¿Por dónde empezar? “Me contaron que…”, “Generalmente uno escucha…”, “Todo el mundo dice…”, “Yo escuche que en el jardín maternal mucho no se hace con los chicos”.
Estas “creencias, prejuicios, comentarios, mitos, leyendas urbanas” o cómo quieran llamarlas, fueron las ideas con las que yo entré la primera vez que puse un pie en una sala de jardín maternal. A este incierto nuevo comienzo se le sumaba un miedo desmesuradamente exagerado hacia los bebés, como seres aterradores que con tan sólo 5 meses de vida podían arruinar mi futura carrera docente.
Con mi novata experiencia, me encontré ese primer día en el jardín en el que empecé mi primer taller. Claramente, la sala de dos o de un año  parecían opciones mucho más tentadoras, pero no, yo termine en aquella sala de bebés.
Esa primera tarde mientras intentaba con una espastiques[i] manual jamás vista antes, darle por primera vez la mamadera a una beba de menos de 5 meses, como si estuviera analizando una fórmula de física cuántica, podía sentir todos los ojos puestos en mí, ojos de todos los colores y tamaños, ojos de niños, docentes y los dos ojos que más me preocupaban “los de mi profesora”. En ese momento las tres horas de la jornada que cumplíamos parecieron una eternidad, pocas veces el tiempo pasó tan lentamente; me sentía desorientada, un poco confundida y nunca tan nerviosa. Al finalizar esa larga tarde, entre muchos de los interrogantes que se cruzaron por mi cabeza estaban aquellos que inevitablemente se relacionaban con las actividades próximas a ser implementadas: ¿Por dónde empiezo? ¿Qué se hace con los bebés? ¿Qué se les enseña? ¿Se les puede enseñar algo valioso? ¿En esa sala se hace algo más que cambiar pañales, dar mamaderas y tirarse en el piso a jugar con los “chiches”?
A los pocos días me di cuenta que, para mi sorpresa, dar una mamadera, brindándole a esa pequeña persona el cariño, sostén y ayuda que necesita para “simplemente” alimentarse; la higiene, también, se transformaba en un nuevo desafío. Recuerdo pensar luego de ese primer pañal que nada podría salir peor. Después de lo que creo que fueron unos 20 incómodos minutos  tanto para el bebé como para mí, unos guantes de bolsa inexplicablemente grandes, como para manos de gigante, pegándose a los abrojos del pañal, pedazos de algodón innecesariamente llenos de óleo, y los dos en el piso ya que me había sido imposible vestirlo en el cambiador; consideré que quizás después de todo la tan nombrada y citada “intencionalidad pedagógica” era real.
Fue entonces cuando a estas vergonzosas experiencias logré encontrarles el lado positivo pensando que todas esas horas, en diferentes materias, leyendo, analizando y estudiando sobre dicha “intencionalidad” no había sido tiempo perdido. Comprendí que realmente existe la posibilidad en las distintas situaciones cotidianas del jardín, de convertir aquellos conocimientos en oportunidades para enseñar y aprender. Sólo fue necesario encontrar una motivación para poder empezar.
Cintas de colores, cascabeles, botellas de plástico, algunas costuras y grandes obras de arte fueron las que me llevaron por el buen camino y despertaron mi interés. Ya con varias ideas en mi cabeza para las próximas actividades “algo genuino” iba a hacer, o por lo menos lo iba a intentar.
Asombro no es palabra suficiente para describir lo que me pasó, era real, tal cómo me habían dicho las profesoras, las docentes y algunas de mis compañeras. Lo bebés no solo demostraban interés, ante cada una de las propuestas que yo les iba presentando, cada vez con mayor entusiasmo y determinación, sino que fundamentalmente construían valiosos aprendizajes.
Al terminar con las actividades planificadas, una carpeta llena de hojas impresas, bolsas con materiales apiladas por toda mi casa y las palabras alentadoras de una gran profesora, lo entendí.
Sin importar la edad, siempre existe la posibilidad de construir nuevos conocimientos. Desde algo que puede parecer tan simple y cotidiano, como el proceso que hace un bebé para aprender a tomar su mamadera o pasar las hojas de un libro, hasta algo considerado “tan complejo” o abstracto como apreciar obras de grandes artistas despertando todos sus sentidos.
Yo descubrí a lo largo de este recorrido que aún con los más pequeños existen grandes posibilidades de crecer y construir, juntos día a día. En esta oportunidad entre ellos, aquellos seres que hace solo unos meses parecían tan extraños, atemorizantes y jamás antes conocidos y yo, una maestra más como muchas otras que llena de creencias, prejuicios, comentarios, mitos y leyendas urbanas pensaba ilusamente “…que en el jardín maternal no se hace mucho con los chicos”.
“Ver para creer”, eso fue el taller para mí. Creer no solamente en todo lo que los niños, pueden aprender sino también en todo lo que un buen docente puede lograr, cuando aprende a ver más allá de las primeras impresiones, más allá del “qué dirán”.
Para cerrar, resuenan en mí las palabras de Rosa Violante: “Enseñar en el Nivel Inicial es dar: conocimiento y afecto, confianza, calidez, ternura, cuidado; es acunar desde los primeros años con “brazos firmes pero abiertos” […]es mostrar el mundo y cómo andar en él” Rosa Violante (2001)



[i] Espastiques: torpeza corporal, falta de coordinación, dificultad motriz.

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