El jardín maternal más allá de los prejuicios
Nuestros
oídos se llenan de prejuicios al momento de pensar si en el jardín maternal los
niños realmente aprenden, en mi caso fue necesario “ver para creer” y de esta
manera comprobar que realmente son solo eso…prejuicios.
¿Por
dónde empezar? “Me contaron que…”, “Generalmente uno escucha…”, “Todo el mundo
dice…”, “Yo escuche que en el jardín maternal mucho no se hace con los chicos”.
Estas
“creencias, prejuicios, comentarios, mitos, leyendas urbanas” o cómo quieran
llamarlas, fueron las ideas con las que yo entré la primera vez que puse un pie
en una sala de jardín maternal. A este incierto nuevo comienzo se le sumaba un
miedo desmesuradamente exagerado hacia los bebés, como seres aterradores que
con tan sólo 5 meses de vida podían arruinar mi futura carrera docente.
Con
mi novata experiencia, me encontré ese primer día en el jardín en el que empecé mi primer taller. Claramente, la sala
de dos o de un año parecían opciones
mucho más tentadoras, pero no, yo termine en aquella sala de bebés.
Esa
primera tarde mientras intentaba con una espastiques[i] manual
jamás vista antes, darle por primera vez la mamadera a una beba de menos de 5
meses, como si estuviera analizando una fórmula de física cuántica, podía
sentir todos los ojos puestos en mí, ojos de todos los colores y tamaños, ojos
de niños, docentes y los dos ojos que más me preocupaban “los de mi profesora”.
En ese momento las tres horas de la jornada que cumplíamos parecieron una
eternidad, pocas veces el tiempo pasó tan lentamente; me sentía desorientada,
un poco confundida y nunca tan nerviosa. Al finalizar esa larga tarde, entre
muchos de los interrogantes que se cruzaron por mi cabeza estaban aquellos que
inevitablemente se relacionaban con las actividades próximas a ser
implementadas: ¿Por dónde empiezo? ¿Qué se hace con los bebés? ¿Qué se les
enseña? ¿Se les puede enseñar algo valioso? ¿En esa sala se hace algo más que
cambiar pañales, dar mamaderas y tirarse en el piso a jugar con los “chiches”?
A
los pocos días me di cuenta que, para mi sorpresa, dar una mamadera,
brindándole a esa pequeña persona el cariño, sostén y ayuda que necesita para “simplemente”
alimentarse; la higiene, también, se transformaba en un nuevo desafío. Recuerdo
pensar luego de ese primer pañal que nada podría salir peor. Después de lo que
creo que fueron unos 20 incómodos minutos
tanto para el bebé como para mí, unos guantes de bolsa inexplicablemente
grandes, como para manos de gigante, pegándose a los abrojos del pañal, pedazos
de algodón innecesariamente llenos de óleo, y los dos en el piso ya que me
había sido imposible vestirlo en el cambiador; consideré que quizás después de
todo la tan nombrada y citada “intencionalidad pedagógica” era real.
Fue
entonces cuando a estas vergonzosas experiencias logré encontrarles el lado
positivo pensando que todas esas horas, en diferentes materias, leyendo,
analizando y estudiando sobre dicha “intencionalidad” no había sido tiempo
perdido. Comprendí que realmente existe la posibilidad en las distintas
situaciones cotidianas del jardín, de convertir aquellos conocimientos en
oportunidades para enseñar y aprender. Sólo fue necesario encontrar una
motivación para poder empezar.
Cintas
de colores, cascabeles, botellas de plástico, algunas costuras y grandes obras
de arte fueron las que me llevaron por el buen camino y despertaron mi interés.
Ya con varias ideas en mi cabeza para las próximas actividades “algo genuino”
iba a hacer, o por lo menos lo iba a intentar.
Asombro
no es palabra suficiente para describir lo que me pasó, era real, tal cómo me
habían dicho las profesoras, las docentes y algunas de mis compañeras. Lo bebés
no solo demostraban interés, ante cada una de las propuestas que yo les iba
presentando, cada vez con mayor entusiasmo y determinación, sino que fundamentalmente
construían valiosos aprendizajes.
Al terminar
con las actividades planificadas, una carpeta llena de hojas impresas, bolsas
con materiales apiladas por toda mi casa y las palabras alentadoras de una gran
profesora, lo entendí.
Sin
importar la edad, siempre existe la posibilidad de construir nuevos
conocimientos. Desde algo que puede parecer tan simple y cotidiano, como el
proceso que hace un bebé para aprender a tomar su mamadera o pasar las hojas de
un libro, hasta algo considerado “tan complejo” o abstracto como apreciar obras
de grandes artistas despertando todos sus sentidos.
Yo
descubrí a lo largo de este recorrido que aún con los más pequeños existen
grandes posibilidades de crecer y construir, juntos día a día. En esta
oportunidad entre ellos, aquellos seres que hace solo unos meses parecían tan
extraños, atemorizantes y jamás antes conocidos y yo, una maestra más como muchas
otras que llena de creencias, prejuicios, comentarios, mitos y leyendas urbanas
pensaba ilusamente “…que en el jardín maternal no se hace mucho con los
chicos”.
“Ver
para creer”, eso fue el taller para mí. Creer no solamente en todo lo que los
niños, pueden aprender sino también en todo lo que un buen docente puede
lograr, cuando aprende a ver más allá de las primeras impresiones, más allá del
“qué dirán”.
Para
cerrar, resuenan en mí las palabras de Rosa Violante: “Enseñar en el Nivel Inicial es dar: conocimiento y afecto, confianza,
calidez, ternura, cuidado; es acunar desde los primeros años con “brazos firmes
pero abiertos” […]es mostrar el mundo y cómo andar en él” Rosa Violante
(2001)
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